Ya se está terminando lo que comenzó con tantos temores hace nueve meses: segundo de bachillerato. Hace mucho que no me ponía a escribir aquí con ímpetu y ganas, y es que parece ser que he perdido la inspiración entre tanto libro y trabajo forzado. Todos me dicen que ya ha pasado lo peor, la tormenta ha saciado su sed, pero aún nos queda un bache que determinará nuestro futuro cercano: la selectividad. Sin ella, muchos de nosotros no podremos cumplir nuestros deseos. Y sí, realmente digo deseos y no sueños porque no considero que los estudios que vaya a hacer el año que viene sean realmente mi sueño. Soñar es libre, y mi imaginación va más allá, no se limita a 6 tópicos.
Pero, dependo igualmente de la selectividad. Además, en mi caso no basta con aprobar, porque puedo quedarme fuera, sin poder estudiar lo que yo desee. Tengo que sacar una nota media de 11/14 mínimo. Tengo que sufrir la discriminación intelectual que todo el mundo acepta sin rechistar y ver cómo caen en picado los objetivos de estudiar, por ejemplo, medicina, o cualquier otro título que tenga mucha demanda y seleccione sus alumnos con el criterio de la nota, entre aquellos que no pueden conseguir un maldito número.
Y sí, he dicho discriminación intelectual, pero no del todo. En realidad, el grado de intelectualidad no se mide mediante la habilidad de hacer exámenes. Va mucho más allá. No basta con saber todo, sino con tener interés por lo que sabes y lo que es aún más importante, el poder opinarlo y valorarlo. Porque no hay que quedarse con lo que nos venden en sí, hay que explorar más allá, gustar saber, disfrutarlo. Masticar lo sabido, y darle un par de vueltas antes de tragártelo. Hacer girar el mundo.
Sin embargo, el colegio nunca nos ha enseñado ha hacer eso. Allí, basta con acudir a clase, sentarse en nuestro pupitre, afirmar con la cabeza toda la información con la cual nos bombardean y engullirla tal cual nos la han dicho. Y si la escribimos en el examen con el mismo orden y precisión (no digo con las palabras concretas, sino que con la misma estructura) que está explicado en el libro, mejor nota obtendremos. Sin olvidarnos de ningún detalle, claro está. Cada detalle olvidado lo penalizarán un 0,2.
Me parece que cada vez es más evidente el desfase que hay entre la sociedad y el sistema educativo. La sociedad de hoy en día nos exige autodeterminación, ser nosotros quienes controlemos nuestras cosas y no los demás. Sino, nos perdemos fácilmente, entre las infinidades de fraudes que existen. No obstante, el colegio nos sobreprotege, nos obliga a que confiemos en ellos, hagamos las cosas tal cual las quieren, porque, aunque digan que no, todos sabemos como le gusta a cada profesor que hagamos sus exámenes, y siendo un poco sensatos, hacemos a cada uno de ellos del modo en que les gusta, así obtenemos la mejor puntuación posible. Además, he oído demasiadas veces que las discusiones las dejemos para otras horas, es decir, que si queremos poner en duda algo que nos dicen, lo discutamos fuera de clase, porque sino perdemos el tiempo y hacemos perder a los demás.
Pero en todo esto, hay una característica un tal curiosa que hace pensar. Los profesores que nos exigen estas cosas son de más de 50 años de edad. Muchas veces percibo como los nuevos maestros que entran a la institución vienen con aires renovadores, nos comprenden más e incrementan nuestra curiosidad de una manera inconsciente. Nos hacen amar su asignatura, sin apenas darse cuenta de lo que están haciendo.
Quizás, la explicación a todo esto será que al ser jóvenes, siempre nos mostramos como innovadores, luchadores, queremos cambiar lo que ha existido antes para crear nuestra minúscula revolución, y arreglar el mundo. Hay veces en los que parecemos imparables, nos creemos invencibles.
Por otro lado, a los profesores en avanzada edad, se les ve que han acumulado una frustración tras otra en este mundo en que las ideologías y los modos de vivir cambian tan rápido. Ellos siguen creyendo en la fuente de luz de esperanza que tenían cuando eran jóvenes, pero lo que pasa es que esa luz que en su tiempo era blanca, se ha convertido en amarilla, y ya no brilla tanto, porque las circunstancias han cambiado y los problemas de hoy en día requieren una solución diferente de la que les daba su luz.
A lo mejor, esto puede ser la explicación por la cual nos apalancamos con el paso de los años. Nos estancamos en el: "A ti te da lo mismo y a mi no me importa." Pero no basta con entender el problema, hay que ir más allá y tratar de solucionarlo. Abrir los ojos y actuar, porque, volviendo a lo que he mencionado al comienzo de esta entrada, no simpatizo con la idea de que nos limiten nuestros deseos por un número que supuestamente muestra nuestra inteligencia.
Stop, stop, stop, recapacitemos todo lo escrito. Por hoy lo dejo aquí, es un tema que requiere mucha reflexión.